Mañana en UK pasará por la Cámara de los Comunes el Digital Economy Bill. Mañana otros países sumarán un modelo a imitar en la lucha contra la piratería apelando a la estulticia: “es lo que hacen los países serios”. España ya integra esa lista. Mañana puede quedar definivamente confirmado que la democracia yace circunscripta al meramente simbólico acto de votar.
Todo eso mañana. Ahora, pensemos. El número de delincuentes entre los 1733 millones de personas que pululan en la red depende de la definición de crimen. Por ejemplo, si en el mundo real fuera ilegal prestar libros, casi todos seríamos criminales. Bien, en Internet prestar es una costumbre. Pero como la escala es inmensa y la copia sencilla, se hace abundante algo otrora escaso.
El problema no es que exista un comentario insultante y por ende irrelevante. Ponderar lo relevante y lo irrelevante de igual modo es el verdadero problema. El opinólogo/puteador es un agente previo a la tecnología. Cómo si de pronto todos los improperios sin fundamento o los ataques ad-hominem que escuchamos en los taxis, cafés, estaciones y otros espacios públicos floten en la superficie, multiplicados exponencialmente.
Ahora bien, esa misma tecnología podría utilizarse para modear –premiar/castigar– este tipo de prácticas. Para esto deberían sumarse varios métodos de ponderación en una misma plataforma. ¿Cómo? Ni idea, pero aquí hay algunas pseudo-sugerencias: permitirle al lector organizar los comentarios, establecer mecanismos para condenar la irrelevancia –además del existente reporte de abuso– y construir un sistema de karma…
Hay que enterrar con una tonelada de comentarios significativos a los trolls. Sepultarlos en el olvido de lo inaccesible.