Nuestros verdugos

No. Definitivamente esto no es una apología del retroceso. Es, o intenta ser, una modesta alerta sobre la dirección profunda del cambio. Tim Wu en su libro Master Switch desarrolla una teoría: en la historia de los medios de comunicación existió inexorablemente una etapa de apertura seguida de una de clausura. La primera, atada al florecimiento del medio y rica en imaginación, bien disrruptiva. La segunda, el producto de la ambición de transformar al invento en una máquina perfecta de producción de poder –simbólico, material… lo que sea. La actual tecnología de comunicación que sufre esta transformación es Internet. La Red debe superar la sempiterna fábula del duende, deforme pero mágico, transformado en un cisne bello, tan adorable como frígido. Según el autor todo estaría, de algún modo, resumido en la siguiente dicotomía: individual expression or mass conformity. Coincide con la teoría de Jonathan Zittrain y sobre la tecnología generativa. Teorías que el anarco-capitalismo negará, claro: el mercado, aseguran, tiene razones que la razón nunca entenderá.

Entonces el copyfight, entonces la neutralidad, entonces el incordio. Cómo en toda dualidad ofrecemos sal o pimienta a un hipertenso. Pese a que coinciden en muchos más puntos de los que se animan a reconocer en público, intentemos superar la dicotomía tecno-pesimismo v. tecno-optimismo. La tecnología no es ni buena, ni mala, ni neutral. Es en el uso dónde este estado de aparente inercia cambia. Sin juzgar razones, reconozcamos que al utilizar la Red en cada uno de nosotros anidan estos roles macabros: el vanidoso, el codicioso, el glotón, el iracundo y el arrogante… y algún otro que quedó colgado.

El vanidoso. Nada lo aparta de la imagen que refleja el touchscreen de su propio ego. No hay otra comunidad que no sea su grafo. No hay otro grafo que no sea el que le garantiza aceptación. Aislado en su burbuja. ¿Ejemplo de vanidoso? Vive en NY –no es turista, mora allí– y cada perra vez que pasa cerca del Central Park lo cuenta para que no olvides de la vergonzante –y por supuesto falaz– diferencia que te separa de él. No hay talento más allá de la pretensión y exaltación de sus pequeñas virtudes, si es que las tiene. Raramente genera un input cultural que no sea un relato sobre otro relato. Es un “yo si, vos no” vacuo. Funde y confunde palabra con acción: compro, opino, converso, hago la revolución, yo primero, yo mejor. Rápido. ¡Ya! Un atolondrado.

El codicioso. Mejor encarnado por el emprendedor sediento de fama banal de revista pop. El traidor que centraliza y ostenta porque quiere ser el Mark Elliot Zuckerberg que retrató Hollywood. Anhela transformarse en el héroe; persigue el nuevo sueño americano dos punto bledo. Puro mass conformity. Concentran la experiencia a cualquier precio y cuando temen al déspota de turno citan la libertad como argumento. Pero la libertad les interesa… cero. Share is care, ¡obvio!. Defendamos el link a rajatabla, ¡claro!. Pero antes de morir luchando dejemos algo bien claro: lo que muchas veces hace el ególatra –en nombre de la libertad– no es filesharing, es filekeeping. El codicioso no piensa en máximas nobles, no; repite los mismos vicios de la industria cultural a la que debería encargarse de destronar. Eso: centraliza y ostenta. Un lobo baladrón disfrazado de cordero –distante de cualquier tipo de filantropía. Insustancial, como un dictador derrocando a un rey. Más de lo mismo.

El glotón. Fue uno de los primeros egocéntricos en llegar al salón de los espejos dónde tan sólo unos pocos avaros vomitaban sus excesos. Juró no actuar como demonio pero sucumbió a su adicción al poder. Antes había un axioma: me das un servicio, te presto mis datos. Ahora, aquel trato cuasi-unilateral comienza a esfumarse: nada de servicios, sólo quieren datos. En el mundo de los codiciosos la libertad no es un feature, es un bug que debe ser reparado. El glotón sólo piensa en el postre, en saciar sus ansias. Tal vez alguno genuinamente crea que siendo el más gordo ganará este round de sumo que practican en nuestras jetas. Fofos que chupan patrones de conducta para venderlos como caramelos baratos. Y pese a que somos los productos que venden los Fakebook, los Google… no van a protegernos.

El iracundo. Blasona. Muestra colmillos y panfletos en una pradera plagada de ovejas mansas y analfabetas. Encarnado en políticos, corporaciones, conglomerados que ignoran las bondades de la tecnología. Con la excusa de controlar y dar seguridad buscan mantenerse en la cúspide de una pirámide ya carente de méritos. Salen a cazar al zoológico. Adoran al copyright y están dispuestos a erguir la peor pesadilla orweliana con tal de proteger un sistema utilitarista, crematístico y caduco. Vendedores de hielo en barra haciendo lobby para evitar el advenimiento de las heladeras. Patético y peligroso maximista del consumo de lo escaso. Cierta miopía social se hace patente en el iracundo: a esta altura la discusión excede a la propiedad intelectual. Malean el futuro de las interacciones humanas; no pueden transformar excepciones en reglas, sería un error demasiado burdo. Son incapaces de cuestionar nada cuan autómatas que responden por reflejo a leyes escritas para el pasado y con las que no se puede legislar sobre el futuro.

El arrogante. Confunde su falta de moderación con heroísmo y bohemia. Celebra al codicioso cada vez que charla con Oprah –por citar una metáfora, pop. Comparte chorizos llenos de datos con el glotón de turno, porque resulta cool. Llena de adulaciones al ególatra, también porque resulta cool. Y lo peor: le muestra el culo teñido de rojo un toro rabioso y asustado: el iracundo. El iracundo ignora. Al ignorar teme. Al temer reacciona. Al reaccionar odia. Rara vez tuvo el arrogante actitud pedagógica con sus hermanos confundidos. Emocionados hasta la médula, los arrogantes, declararon en 140 caracteres la libertad de países lejanos; pero cuando les tocó ponerse los pantalones para moderar los excesos del mercado, no soportaron el papel protagónico que tienen en tremenda paradoja y huyeron llenos de pavor a enviar tweets timoratos debajo del acolchado.

Internet no es sólo un conjunto de cables. Asumamos responsabilidades. De lo contrario, veremos a una pradera fértil secarse por inacción; por no ser capaces de dialogar justo ahora que estamos bien comunicados. Ahora están estos jardines definitivos y bien decorados; no se asuste señora, seguro habrán flores y pájaros. Y claro que no se va acabar el mundo ¡imbécil! Pero vamos a tener que darles explicaciones al futuro sobre las oportunidades perdidas y corremos el riesgo de quedarnos callados.



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