Un editor, o grupo de editores, recolecta palabras junto con ejemplos de sus distintos usos. Luego, establece una norma de uso y las define. Finalmente, esas definiciones son condensadas al límite para lograr un producto único: el diccionario. Ese ha sido, al menos desde tiempos victorianos, el proceso mediante el cual la lexicografía brinda la posibilidad de surcar el lenguaje. Wordnik pretende cambiar ese proceso junto con el resultado final y convertir a cada palabra en particular –y toda la información que contiene– en el producto a comercializar.
Según comentó hace tiempo en TED, Erin McKean –lexicógrafa fundadora de Wordnik– el diccionario online promedio “es un diseño victoriano unido con un poco de propulsión moderna. Es steampunk. Lo que tenemos es un velocípedo eléctrico.” El problema es que al concentrarse en afilar la agudeza de la búsqueda perdemos serendipia. Wordnik pretende cambiar el “diseño” del diccionario y unir concepto con contexto, lexicografía tradicional con lingüística computacional agrupados en un inmenso repositorio que su fundadora llama word graph.
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No. Definitivamente esto no es una apología del retroceso. Es, o intenta ser, una modesta alerta sobre la dirección profunda del cambio. Tim Wu en su libro Master Switch desarrolla una teoría: en la historia de los medios de comunicación existió inexorablemente una etapa de apertura seguida de una de clausura. La primera, atada al florecimiento del medio y rica en imaginación, bien disrruptiva. La segunda, el producto de la ambición de transformar al invento en una máquina perfecta de producción de poder –simbólico, material… lo que sea. La actual tecnología de comunicación que sufre esta transformación es Internet. La Red debe superar la sempiterna fábula del duende, deforme pero mágico, transformado en un cisne bello, tan adorable como frígido. Según el autor todo estaría, de algún modo, resumido en la siguiente dicotomía: individual expression or mass conformity. Coincide con la teoría de Jonathan Zittrain y sobre la tecnología generativa. Teorías que el anarco-capitalismo negará, claro: el mercado, aseguran, tiene razones que la razón nunca entenderá.
Entonces el copyfight, entonces la neutralidad, entonces el incordio. Cómo en toda dualidad ofrecemos sal o pimienta a un hipertenso. Pese a que coinciden en muchos más puntos de los que se animan a reconocer en público, intentemos superar la dicotomía tecno-pesimismo v. tecno-optimismo. La tecnología no es ni buena, ni mala, ni neutral. Es en el uso dónde este estado de aparente inercia cambia. Sin juzgar razones, reconozcamos que al utilizar la Red en cada uno de nosotros anidan estos roles macabros: el vanidoso, el codicioso, el glotón, el iracundo y el arrogante… y algún otro que quedó colgado.
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La carrera de quién escribe más rápido y con menos errores ortográficos se asemeja a la carrera que el ajedrecista perdió hace tiempo en manos del mismo verdugo: el procesador. Anunciar al siguiente hype o cubrir un evento en un santiamén son trabajos cuasi matemáticos; y para las matemáticas las computadoras son más rápidas. Pero ¿es ese el punto? ¿No deberíamos, en cambio, preguntarnos si debe el periodismo correr esa carrera en primer lugar?
Los adictos al hit, al minuto a minuto, los ebrios del frenesí, superficial pero respetable, de “ser los primeros” dirán que el vértigo que propone el reloj es intrínseco al periodismo. Aparecerán también los eruditos, los virtuosos, que propalarán insultos al devenir por traerles la regurgitación final del sentido en manos de un autómata de hojalata o lo que sea que imaginen.
Sin embargo, podemos aprender del pensamiento computacional y tomar las riendas. A modo de ejemplo, rescatemos el concepto de periodismo orientado a objetos.
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